Olmeda de las Fuentes

      A lo largo del camino tres faldas majestuosas, blancas, se asoman por entre la cebada. Lejos se escucha el viento que ondea a la espiga seca y que se va acercando más rápido que el sonido de las cigarras. Las faldas  se dan la vuelta y descubro varios estambres que se reflejan en lo blanco como líneas de expresión.Ya casi llega el viento… Las pequeñas piedras del camino se agitan y las hormigas se detienen buscando estabilidad. Un pájaro se acompasa con la cigarra y yo me siento sobre una piedra a esperar de nuevo al viento. Esta vez tengo enfrente a algunos árboles que también esperan con paciencia un poco de aire que los balancee. Desde aquí la ola del viento es más fuerte, retumba en las copas, parece que las arrastra y, sin embargo, llega a mí y se bifurca endeble, susurrante…

    ¡Qué alegría tanta compañía!mi pelo se mueve como una hierba más del camino y el sol está a punto de llegar al centro del día. Estoy segura de que si me esfuerzo puedo apartar algunas piedras y undir mis manos en esa tierra arcillosa, tocar hacia dentro ese silencio que me envuelve.

   Ya no hay más camino, pero mis pasos continúan. Qué placer convertirse en viento y hacer sonar a la cebada. Abro mis brazos y veo mi sombra a la izquierda que suavemente abraza la densidad amarilla.

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