Invocación

Memoria, perdónanos
como nos perdonamos habernos hecho tristes, añadidos a la piel que muda.
Nos hemos hecho tristes por un lugar que no canta, que ahora florezca; por un lugar donde nos hemos buscado las preguntas, que no volvamos sin haber visto.

Como hermanos pequeños del tiempo, déjanos ver lo que es más grande que nosotros, que esta intimidad sea la siembra del bosque.

Y si nos faltásemos: engaña al miedo, engaña al hambre, engaña al frío.

Permítenos oler el día de lluvia en la humareda, evita que la cometa rompa el hilo, no nos dejes parecernos, evítanos repetir sin recordar, no accedas a separarnos antes de tiempo de las cosas, impide que nos dejemos.

En el pliegue (bandada)

Donde no caben los dioses tampoco hemos aprendido a entrar nosotros.
Nos señalaron la contingencia y el terror, la conveniencia de acompañarse en lo oscuro, que la inmortalidad nada puede contra el olvido.
Los reservamos del envío de la postal fácil que diga nunca estuve aquí, lo viví por otro, pero de momento he prevalecido.
De eso se trata, de cualquier cosa, de repetir la gracia oída en un viaje que no se detuvo para ver: “qué altos son los sueños”. Más alta es la noche.
Rara vez nos cruzamos en las escaleras falsas de las abstracciones y llegamos lejos, a lugares que no sabemos habitar. Entonces nos quedamos dormidos y la vida nos descubre, plagados de ejemplos.
Aquí la fuente, allí el río, allá el mar.

 

Imagen que  se agradece a http://www.sigfredoharo.com/

Imagen que se agradece a http://www.sigfredoharo.com/

 

http://www.sigfredoharo.com/

De lo innumerable

Felices por desnudos quienes transitan la alegre pobreza de lo innumerable. No es una promesa, es que no caben de otra forma en las enormes cosechas de cáscaras. No hay respuesta posible a la vida que nunca aparenta un emerger o una caída y que aún distribuye sus caracteres esperando un rizo de humo o un corazón, como quien suple los terremotos con una repentina deriva continental de los cuerpos. Verse a sí mismo como un ejemplo del cosmos y una mecánica antinatural entre quien pregunta al cielo pintado a dos dedos por debajo de nuestras alturas. Nosotros decidimos las constantes: como frente al trigal, el viento es un animal extenso y proporciona ritmo a lo que, de otra forma, sería individuo por su rareza y sólo multiplicidad por nuestros límites en hacer cuentas. Quien ha aprendido a ver en masa ha de levantar una deidad sin rostro, cómo pesa sin no fuera por el ritmo que no acaba con el singular, sino que lo aúpa a otro cuerpo que puede ser contemplado. Como remedio se entiende que trabajemos al viento, cada cual a su soplo, infertilidad del que no ha de saber sumarse sin aportar cualidad. A los trigales y a los bosques y al oleaje y a las estaciones, conócelos como a tus posibilidades, germen de un lugar común donde resguardarse de los cambios, incluso cuando marchan. Para aprender uno ha de estar solo, sobre todo si se colabora ya que sólo se compone en soledad. Como la tierra y el estiércol o el manto de lluvias cercanas que ennegrecen a los terrones y despabilan a las yemas de los árboles, o la grapa del futuro sobre el otro que resguarda, con dos piezas de una nuez, a las multitudes de dos haciendo una sorda solitud.

Quizá así se miren  los campos sembrados de cizañas donde cada uno dibuja sus parábolas. Intimidades que no colaboraron, que han de cerrarse como una flor en mitad de la noche más caliente del verano. No he venido aquí para aprender de nadie, sino para apreciar el incendio, canta altisonante nuestra nigua. Hay, también quien demanda campos bucólicos de nada y que se van al cambio de luz  artificial y que se estrechan cuando se estiran los brazos en el bostezo. Entonces la voz es del lenguaje y la promesa de su tono, el latido y el paisaje en el centro del pecho. Sumamos infortunio a lo que simplemente era así, aquí y siempre.  Ya que no hay camino, tomaremos los surcos que las riadas han dejado y si podemos encontrar a alguien, supongo, que con él también haremos pobreza y esperanza.

Imagen cedida por </a href="http://www.cinziagiovanettoni.com/">Cinzia Giovanettoni</a>.

Imagen cedida por Cinzia Giovanettoni.

Después veré

No es tanto el que está como el que se extiende. A ello se aferra este remedo de la vida que gravamos en la transparencia del aire. Continuidad somos y como tal mi discurso se mira en lo indistinto, mi trazo en la corriente, como si hubiese alguien de qué convencer con esta retórica. Las expresiones están lejos de agotarse y con ellas nos sostenemos, aves suspendidas entre lo informe.
A esta forja del aire como cauces de banquetes, exploraciones ciegas de una química que se ha llevado lo flexible, le cedemos el abandono. Fijar por escrito para evitarnos un presente mondo, discutir para que el descubrimiento no nos llene la casa de luz y la oscuridad de encuentro. Lo que nos rompe el cuerpos es matriz que viene a generar los oscuros, dignos perfiles que dan al día el día.
Como el contrapunto anima, por ausencia algunas veces se aprende. Basta la raíz o el cielo y el calor o verse reducido al ímpetu. Para lo demás, me evitaré dar vueltas sobre mí mismo. A tientas y en lo hollado, como una voz predestinada, se significa lo que parece único una vez se ha mezclado. Movimiento y firma, como quien reconoce las cualidades del arado por los destrozos en la cosecha.

Por un instante me mira, con un solo ojo, hueco, cuando lo permite la analogía. Ella está en nosotros, inclinación a ser pan, a vivir sierpe, a derribar lo construido para fundar lo seguro. Ahí miente.
Como un ejemplo, el mundo, estrépito y elegancia, cae sin dejarse nada en el camino, a excepción de la paz. Pero ella siempre estuvo en este tramo. Su dibujo es ejemplar, ha trazado la circunferencia sin dejar huella, ha unido centro y superficie desde la transparencia. Cómo consigue sostenerse: no lo hace. Es una desnudez de la que no se prenden las formas. Si su puerta ha de abrirse, cualquier atención vale. Permaneceré firme mirando esta imagen en la que falto y si aparezco, como no habrá nadie delante, tendremos que dar las gracias a los dioses.

Imagen elaborada por <a href="http://lbecerrov.blogspot.com.es/">Leticia Becerro Viñas</a>.

Imagen elaborada por Leticia Becerro Viñas.

Pan nuestro

"Paisaje cenital" imagen cedida por <a href=http://sigfredoharo.blogspot.com.es/>Sigfredo Haro</a>.

“Paisaje cenital” imagen cedida por Sigfredo Haro.

Hambre. Quizá a uno se le ocurra con ella unir. Por sí misma, no es útil, no dice más que una ausencia. Pero unida a la esperanza es de los hombres que antes de conocerla se nos considera muertos, futuros de otro cuerpo más extenso, pero ausente. Se llega a él deletreando no admitas, no cumplas, díte sí a partes, acepta de la fruta sólo la peladura y del gajo sólo el color. Pero el hambre percibe de la pulpa el comienzo del sentido, lo impredecible como constancia. Mira que la felicidad no viene de fuera, mira que el exterior ha de ser uno.

No nos resignamos a perseverar y a crecer. Lo volátil será un entretenimiento, hasta que los cuerpos a los que quedamos unidos se pierdan a un lado del camino, como semillas entre la grava. Hombres… dejemos a los hombres ser una vida. Caminemos orgullosos y firmes en el interior expuesto: lo liviano agranda.

No hay más promesa, ni sensación menos austera que abandonar el peso al peso, la aflicción al momento que aún no llega. Corazón pendiente, fórmate de las presencias y haznos tomar la vista que de nosotros esperamos. Vistos sin vergüenza, decisión y esfuerzo, pan de cada uno. Mira a los demás sabiendo que el hambre es compartida y lo adquirido es cuerpo, disfrute, amor que se entrega y lo que te pertenece cambia como tú y pese a ti.

Como el amor promete mil años y en un momento se cumplen, estaremos pendientes de la eternidad. Ese momento cuesta amasarlo y que suba y cruja y rasgue. Pero, para entonces, estaremos vivos y, una vez en la vida, la muerte no se teme.

Tributo al fuego

Hazme presente, hazme medida del fuego, luz de cuerpos que palpitaban y nos distraían del arder. Ellos han sido el intento de la llama en las cenizas y del resplandor que nos alza sin nosotros. En él, otro elemento nos vive su interior. Si luché no pude restarle nada. Suya es la luz y lo que de mí queda es su añoranza.

Imagen cedida por <a href=http://www.balancindeblancos.com/> Balancín de Blancos</a>.

Imagen cedida por Balancín de Blancos.

Tras él, mi cuerpo ha sido el deseo de otro cuerpo, devorantes los dos, incapaces de detenerse en lo inexistente. No hay otra trascendencia que la que nace de la opacidad de la carne. Esta que vive en las figuras que tú has dibujado en mi piel, tu trazo es una puerta que ha estado siempre abierta y mi temor, la llave de un tránsito sin cerradura. Tú, carne mía, en ti he sido el acierto del tiempo y el error de un encuentro inexacto. Ahora lo sé: mientras ardí, si fui duda, fue para equivocarme. El resto ha sido caminar en la profundidad donde todo es claro, menos el sentido. Allá se encuentra uno como el goce y el hallazgo. Quizá el tributo del deseo que en circunstancias nos prohibimos sea dolerse antes del aquietamiento, como si ardiésemos por no ser prendidos.

Sin embargo, satisfechos, la respiración nos contiene y este suspenderse señala al cuerpo y lo que él cruza. Familiar, siervo indómito, nuestro pequeño reducto de identificaciones, cómo apareciste así de desnudo y tan infiel. Había quedado abolido el prevenir y un óbolo debajo de tu lengua bastó a las urgencias y no a la llama. Entiérrame con este amor en el paladar, si es que a los muertos aún nos quedan amores pendientes.

 

Hendir la piedra.

Me llaman “extraído de la tierra”, pero sólo soy una ausencia. Ni espíritu ni carne, sólo un dibujo que dice que me moví o que me he estremecido con el viento. Podría ser un engaño, una forma casual que se parece a otra forma casual. Aquí, expuesto, ningún familiar me reconocería, ningún cuerpo querría alimentarse de mí. No es que hayan desaparecido los miedos, nunca estuvieron; fueron temblor y ardid, dilaciones de lo que ya no es y sólo fue probablemente. Ni el olor, ni el tiempo es el mismo y de lo que no existió no guardo ni su deseo. Mi vida es piedra y mi forma una conjetura. Este es el cuerpo que tuve y que no he podido dejar. Si ha quedado algo, no soy yo y esta voz con la que hablo tampoco podrá hendir la tierra en mi busca.

Imagen de Gema Hernández Correa . Gracias.