En el lago Aksaray

A primera vista el barro parece cercar un espacio cristalino. No hay vida, no hay apenas movimiento, sólo silencio, agua y mucha sal. Un poco más cerca el barro desaparece y el agua envuelve, como la nieve, en su mismo silencio. Durante las horas de sol el ojo no puede permanecer en el agua, pero la imagen se fija y el cuerpo regresa una y otra vez a esa quietud.

Antes de las cinco el lago se rompe en una concavidad naranja. El día está a punto de extinguirse y el sol parece ocultarse en el lago. Es el mismo reflejo de la luna: primero un cuarto, después la mitad y finalmente una estela azul que elimina la esperanza de ver el Inframundo.DSC_0183

En el río

Sé que es de día porque el sol calienta. Miro hacia el cielo y percibo un azul que no se puede clasificar ni en el día ni en la noche. No hay nubes y los pequeños destellos blancos me recuerdan la intensidad de las estrellas. Antes del cielo están las ramas desnudas que se mecen con el viento y se acompasan con un río que cae y se desacelera. Ya no quedan hojas, todas están dobladas y secas bajo mi cuerpo. Hace frío y la luz tiñe a las ramas de un blanco luminoso como los destellos del cielo. Encima de las hojas siento una raíz justo en la parte baja de mi espalda, una raíz porosa, que sobresale húmeda y dura como las rocas que la rodean.

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Olmeda de las Fuentes

      A lo largo del camino tres faldas majestuosas, blancas, se asoman por entre la cebada. Lejos se escucha el viento que ondea a la espiga seca y que se va acercando más rápido que el sonido de las cigarras. Las faldas  se dan la vuelta y descubro varios estambres que se reflejan en lo blanco como líneas de expresión.Ya casi llega el viento… Las pequeñas piedras del camino se agitan y las hormigas se detienen buscando estabilidad. Un pájaro se acompasa con la cigarra y yo me siento sobre una piedra a esperar de nuevo al viento. Esta vez tengo enfrente a algunos árboles que también esperan con paciencia un poco de aire que los balancee. Desde aquí la ola del viento es más fuerte, retumba en las copas, parece que las arrastra y, sin embargo, llega a mí y se bifurca endeble, susurrante…

    ¡Qué alegría tanta compañía!mi pelo se mueve como una hierba más del camino y el sol está a punto de llegar al centro del día. Estoy segura de que si me esfuerzo puedo apartar algunas piedras y undir mis manos en esa tierra arcillosa, tocar hacia dentro ese silencio que me envuelve.

   Ya no hay más camino, pero mis pasos continúan. Qué placer convertirse en viento y hacer sonar a la cebada. Abro mis brazos y veo mi sombra a la izquierda que suavemente abraza la densidad amarilla.

Densidad

 

   Se mueve como una oleada densa que desde lo profundo despierta un balanceo que se eleva a unos pocos centímetros del cuerpo. Este balanceo recorre la espalda y dirige a descubrir un alrededor que vibra y crece como si el fuego pesara más para poder suspenderse, para crear formas nuevas. Las manos y los pies, deseosos de moverse, resisten abiertos y relajados, humildes ante tanta belleza. En el interior está el origen de lo que crea, el inicio de la danza del fuego.

Aureola

Imagen: “Labyrinth rose” de Aikaterini Filippakopoulou.

En la esquina izquierda de arriba empieza a girar ligeramente buscando su ritmo. Desde lo alto se observa cómo amplía las distintas circunferencias que con cada giro se torna rosa. Inmediatamente después comienzan a girar dos más contiguos que cogen velocidad y aumentan sus ritmos. Ahora, desde arriba, se observan ondas que se desplazan en diagonal, que se encuentran mientras cambian de color. Desde sus centros ascienden cilindros de un tallo que marcan ese ritmo entre los pétalos. Así se reconoce la aureola.

Brillo

Quería brillar como una flor recién brotada. Recorría los espacios balanceándose con cuidado, muy liviana… A veces tocaba el agua y se le caía un pétalo y, otras veces, volaba hacia lo alto con miedo a perder el brillo y, sin embargo, se cubría de otra luz. Cuando se anclaba a la tierra para renovar fuerzas su estadía se prolongaba y olvidaba que ese brillo existía hasta que salía de nuevo a buscarlo.

Paciencia geométrica I

                                                                                                                                                                                                                                                                  

               Debajo de una textura de puntos que delimitan delicadamente un trapecio se esconde una coraza más fuerte que respira por las rendijas trapezoides. A veces esa coraza se dilata y lo que antes eran puntos se convierten en extensiones de una raíz más profunda que busca otra luz. Aún así la textura continúa presente y muta del trapecio al pentágono, al hexágono…y es entonces cuando las raíces se erizan y en la punta se ramifican de tal forma que parece retraerse sobre sí misma dándole profundidad a todo lo que la rodea.