Pan nuestro

"Paisaje cenital" imagen cedida por <a href=http://sigfredoharo.blogspot.com.es/>Sigfredo Haro</a>.

“Paisaje cenital” imagen cedida por Sigfredo Haro.

Hambre. Quizá a uno se le ocurra con ella unir. Por sí misma, no es útil, no dice más que una ausencia. Pero unida a la esperanza es de los hombres que antes de conocerla se nos considera muertos, futuros de otro cuerpo más extenso, pero ausente. Se llega a él deletreando no admitas, no cumplas, díte sí a partes, acepta de la fruta sólo la peladura y del gajo sólo el color. Pero el hambre percibe de la pulpa el comienzo del sentido, lo impredecible como constancia. Mira que la felicidad no viene de fuera, mira que el exterior ha de ser uno.

No nos resignamos a perseverar y a crecer. Lo volátil será un entretenimiento, hasta que los cuerpos a los que quedamos unidos se pierdan a un lado del camino, como semillas entre la grava. Hombres… dejemos a los hombres ser una vida. Caminemos orgullosos y firmes en el interior expuesto: lo liviano agranda.

No hay más promesa, ni sensación menos austera que abandonar el peso al peso, la aflicción al momento que aún no llega. Corazón pendiente, fórmate de las presencias y haznos tomar la vista que de nosotros esperamos. Vistos sin vergüenza, decisión y esfuerzo, pan de cada uno. Mira a los demás sabiendo que el hambre es compartida y lo adquirido es cuerpo, disfrute, amor que se entrega y lo que te pertenece cambia como tú y pese a ti.

Como el amor promete mil años y en un momento se cumplen, estaremos pendientes de la eternidad. Ese momento cuesta amasarlo y que suba y cruja y rasgue. Pero, para entonces, estaremos vivos y, una vez en la vida, la muerte no se teme.

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Densidad

 

   Se mueve como una oleada densa que desde lo profundo despierta un balanceo que se eleva a unos pocos centímetros del cuerpo. Este balanceo recorre la espalda y dirige a descubrir un alrededor que vibra y crece como si el fuego pesara más para poder suspenderse, para crear formas nuevas. Las manos y los pies, deseosos de moverse, resisten abiertos y relajados, humildes ante tanta belleza. En el interior está el origen de lo que crea, el inicio de la danza del fuego.

Tributo al fuego

Hazme presente, hazme medida del fuego, luz de cuerpos que palpitaban y nos distraían del arder. Ellos han sido el intento de la llama en las cenizas y del resplandor que nos alza sin nosotros. En él, otro elemento nos vive su interior. Si luché no pude restarle nada. Suya es la luz y lo que de mí queda es su añoranza.

Imagen cedida por <a href=http://www.balancindeblancos.com/> Balancín de Blancos</a>.

Imagen cedida por Balancín de Blancos.

Tras él, mi cuerpo ha sido el deseo de otro cuerpo, devorantes los dos, incapaces de detenerse en lo inexistente. No hay otra trascendencia que la que nace de la opacidad de la carne. Esta que vive en las figuras que tú has dibujado en mi piel, tu trazo es una puerta que ha estado siempre abierta y mi temor, la llave de un tránsito sin cerradura. Tú, carne mía, en ti he sido el acierto del tiempo y el error de un encuentro inexacto. Ahora lo sé: mientras ardí, si fui duda, fue para equivocarme. El resto ha sido caminar en la profundidad donde todo es claro, menos el sentido. Allá se encuentra uno como el goce y el hallazgo. Quizá el tributo del deseo que en circunstancias nos prohibimos sea dolerse antes del aquietamiento, como si ardiésemos por no ser prendidos.

Sin embargo, satisfechos, la respiración nos contiene y este suspenderse señala al cuerpo y lo que él cruza. Familiar, siervo indómito, nuestro pequeño reducto de identificaciones, cómo apareciste así de desnudo y tan infiel. Había quedado abolido el prevenir y un óbolo debajo de tu lengua bastó a las urgencias y no a la llama. Entiérrame con este amor en el paladar, si es que a los muertos aún nos quedan amores pendientes.

 

Aureola

Imagen: “Labyrinth rose” de Aikaterini Filippakopoulou.

En la esquina izquierda de arriba empieza a girar ligeramente buscando su ritmo. Desde lo alto se observa cómo amplía las distintas circunferencias que con cada giro se torna rosa. Inmediatamente después comienzan a girar dos más contiguos que cogen velocidad y aumentan sus ritmos. Ahora, desde arriba, se observan ondas que se desplazan en diagonal, que se encuentran mientras cambian de color. Desde sus centros ascienden cilindros de un tallo que marcan ese ritmo entre los pétalos. Así se reconoce la aureola.

Hendir la piedra.

Me llaman “extraído de la tierra”, pero sólo soy una ausencia. Ni espíritu ni carne, sólo un dibujo que dice que me moví o que me he estremecido con el viento. Podría ser un engaño, una forma casual que se parece a otra forma casual. Aquí, expuesto, ningún familiar me reconocería, ningún cuerpo querría alimentarse de mí. No es que hayan desaparecido los miedos, nunca estuvieron; fueron temblor y ardid, dilaciones de lo que ya no es y sólo fue probablemente. Ni el olor, ni el tiempo es el mismo y de lo que no existió no guardo ni su deseo. Mi vida es piedra y mi forma una conjetura. Este es el cuerpo que tuve y que no he podido dejar. Si ha quedado algo, no soy yo y esta voz con la que hablo tampoco podrá hendir la tierra en mi busca.

Imagen de Gema Hernández Correa . Gracias.

Brillo

Quería brillar como una flor recién brotada. Recorría los espacios balanceándose con cuidado, muy liviana… A veces tocaba el agua y se le caía un pétalo y, otras veces, volaba hacia lo alto con miedo a perder el brillo y, sin embargo, se cubría de otra luz. Cuando se anclaba a la tierra para renovar fuerzas su estadía se prolongaba y olvidaba que ese brillo existía hasta que salía de nuevo a buscarlo.

Versátil

En la continuidad de la selva la excepción no detiene, avisa. Es un claro, imagen afín a los metales, dorado rodeado de verde donde uno puede detenerse, pero no habitar si quiere conocer los límites. Tan fácil e irreal como hacer de una piedra un trono, de esa caña el eje del mundo que hago zumbar sobre mi cabeza.  Pero sólo estoy rodeando el camino. En él pienso en un paseo que no conozco y que se me hace familiar y placentero, como mirar el reflejo del sol a través de un brillo húmedo, hacer de la lisura una extensión del día. Aún no se ha despertado ni el calor y he roto la caña entre las manos.

Después vuelvo a la oscuridad de la fronda. Acá he de ser yo el que cambie, sin una imagen fija no distingo el río. En esa oscuridad ocurre, como siempre, lo improbable. Alguien grita una palabra, después, un nombre. Como lo que me rodea, la palabra no tiene un igual. Acampa y se mezcla en el siguiente paso como un animal oscuro. Llega hasta aquí tras haber nacido del aviso de la manda y del placer inesperado. La palabra que indistingue un rostro que ha dejado de ser nuestro. Pero es la herramienta que nos queda y que tantas veces ha embotado el filo de las cosas. Todo es más corto, ahora que ya oigo los motores de la camioneta y no he tenido tiempo para sentirme incómodo. Hazte versátil; no olvides que ahí fuera estás expuesto y los tiempos caminan y los tiempos caminan.